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RESEÑA DEL NUEVO DÍA SOBRE NUESTRA MISIONERA:

 MARITZA CUMBA

"Mensajera del pan y la palabra"

Sé que Dios me ha guardado de los grupos subversivos

(Por: Alma Vanessa Sánchez / Especial para El Nuevo Día)
 

 

Impulsada por su carácter desprendido y su sentido de humanismo, Maritza Cumba se ha consagrado a servir a los marginados por la sociedad, como lo prueban sus más de dos décadas como misionera en las que, expuesta a peligros y limitaciones, ha esparcido semillas de esperanza en 23 países.

Mientras crecía como la menor de nueve hermanos, Maritza presenció los malabares de sus padres para mantener a flote a la familia y aunque confiesa que entonces los prejuicios no eran tan marcados, sí recuerda que viviendo en un residencial público en ocasiones afloraban. “Nací y me críe en residenciales. Viví dos años en Manuela Pérez y luego 20 años o un poquito más en Monte Hatillo. A veces las mamás no querían que mis amiguitas fueran a casa o que las vieran en el residencial. Para mí ese ambiente era normal, era mi hogar y me sentía segura allí”, explica.

Esa visión optimista de igualdad alimentó sus aspiraciones y la llevó a destacarse como estudiante y líder. Pero reconoce que su sed de superación no sólo provenía de su interior y del ejemplo de sus padres, sino también de la motivación y el apoyo que recibió por parte de la familia Figueroa, sus vecinos. “Me ayudaron a anhelar un poco más, a no quedarme en el barrio y a tener aspiraciones. Me levanté prácticamente con ellos y a pesar de estar en el mismo ambiente, sus seis hijos fueron a la universidad y eso hizo que yo también anhelara ir”, expresa.

Por iniciativa propia, trabajó desde los 14 años para contribuir con los gastos de la casa. Con su ingreso a la universidad, donde estudió contabilidad, su vida tomó un rumbo diferente y, hasta cierto punto, inesperado. Por invitación de su entonces novio comenzó a visitar la iglesia Alianza Cristiana y Misionera, y poco a poco, su visión sobre la vida se transformó. “Hubo un retiro en Barranquitas y en ese momento le rendí la vida al Señor y todo cambió. Luego, surgió la primera oportunidad de ir en viaje misionero a una zona de escasos recursos y de gran necesidad en Colombia. Estando allí sentí una voz que me dijo que ése iba a ser mi lugar”, manifiesta emocionada subrayando que ese día volvió a nacer.

A su regreso a la Isla, la insospechada reacción de su madre, cuando Maritza le informó que dejaría todo para ser misionera fue una prueba de fuego en sus convicciones. “Al hablar con ella y comunicarle mi decisión me dijo: ‘Si tú te vas, olvídate de que tienes madre’”, relata añadiendo: “Con el tiempo Dios preparó el corazón de mami”.

Aferrada al júbilo de la revelación que regocijaba su ser, Maritza culminó su bachillerato para dar inicio a una maestría en Biblia y Teología. Su norte era muy claro: prepararse para su nueva vida como misionera, función que estuvo ejercitando en viajes de una o dos semanas de duración a regiones necesitadas de Centroamérica y Suramérica. Durante este proceso fue afianzándose su vocación que después la llevaría por años ininterrumpidos a adentrarse en la realidad del pueblo colombiano.

Así en 1994, Maritza partió a Colombia, en una misión que en principio debía durar dos años que se convirtieron eventualmente en 15. “Llegué a San Bosco en Cali, un lugar con prostitutas, borrachos y drogas. Hice viajes a la selva. Llevábamos brigadas médicas, ropa y compra, no sólo de alimentos, sino de todo”, explica, descartando haber sufrido un choque cultural pues -a su juicio- los colombianos se parecen mucho a los boricuas, lo que facilitó su adaptación.

Sin embargo, la miseria y la necesidad de las que fue testigo sí causaron gran impacto en ella. “Nosotros aquí en Puerto Rico somos privilegiados: tenemos ayudas, alternativas. En cambio, allá es un sistema hecho para que el rico sea más rico y el pobre más pobre. Es una realidad que me duele. Hay tanto bueno en Colombia, ¿por qué tiene que conocerse sólo por lo malo?”, pregunta con tono de sublevación.

A lo largo de sus años como misionera se ha expuesto a múltiples situaciones riesgosas. Desde ambientes dominados por la delincuencia hasta la oposición de mentes inmovilistas, resistentes al cambio. “Sé que Dios me ha guardado de los grupos subversivos”, dice mientras explica que, conforme la guerrilla iba llegando a las zonas de misiones, en dos ocasiones llegaron a preguntar por ella con nombre y apellido. “Dependiendo del comandante de la guerrilla y de su temor a Dios, algunos respetan y otros, no”, recalca.

Pero ante semejante panorama, Maritza siente que su gran arma es la fe y su incentivo, la ayuda a los demás, sobre todo a través del trabajo con jóvenes a quienes reconoce como hijos espirituales.

Ahora y como parte de su labor en la Catedral de la Esperanza, iglesia a la cual pertenece, Maritza se trasladará a Costa Rica hasta que sea llamada a otro lugar. Su meta es servir a la mayor cantidad de razas y pueblos hasta “morir siendo misionera”.









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Publicado en: 2010-01-15 (191 Lecturas)

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