(Romanos 15:4)
La Palabra de Dios está en peligro de ser mutilada. Esta amenaza no proviene de los enemigos del Evangelio ni de teólogos liberales. El peligro al que hago referencia viene de nosotros. La peor mutilación y rechazo a la Palabra de Dios la cometemos aquellos que nos llamamos "gente del libro." Basta mirar nuestras Biblias para darnos cuenta. Mira por un momento la tuya. Aún por fuera notarás que las marcas del uso se limitan a la sección última: El Nuevo Testamento. Aquellos de nosotros que marcamos nuestra Biblia podemos observar cómo los Evangelios y las cartas se encuentran invadidos de anotaciones y marcas multicolores. No así con el Antiguo Testamento. Aquellos fascinados por la manifestación del Espíritu de Dios subra-yamos insistentemente el libro de los Hechos y I Corintios, pero desconocemos los hechos de Dios en tiempos de Josías y el mover de Su Espíritu en Elías. Sí, ya lo sé. Hay partes del Antiguo Testamento que son áridas y aburridas. ¿Pero quién dijo que tienen que ser interesantes? ¿Leemos la Biblia porque nos entretiene o porque nos ayuda a conocer a Dios...? Cuando, en menosprecio del Antiguo Testamento nos limitamos al Nuevo, menospreciamos la Palabra de Dios. Cuando tratamos a los primeros 39 libros de la Biblia (que componen más de un 80% de su contenido total) como un mero prólogo de la "verdadera historia," quitamos valor a lo que Jesús y Pablo reconocían como "las Escrituras." Nuestra comprensión del Nuevo Testamento dependerá de que entendamos el Antiguo. Pero no sólo eso. Nuestro conocimiento de Dios dependerá de nuestro estudio del Antiguo Testamento pues en él se nos revela mucho sobre el carácter y el plan de Dios. La Palabra de Dios es una y toda ella valiosa. Yo quiero la Biblia completa.



