(Lucas 24:13-45; Efesios 1:19-23)
Hay dos formas de vivir la vida cristiana. La primera, a la que llamo "de espaldas a Jerusalén," consiste en vivir ajenos al milagro de la resurrección de Jesús y está representada por los discípulos de Emaús. Para ellos Jesús "fue", pero ya no es; "le entregaron a muerte... le crucificaron." Todo terminó. Era como si, súbitamente, se esfumara el gozo y la alegría que antes conocieron. En su lugar sólo quedaba un pasado irreversible de tonos grises. Había esperanzas mientras Jesús vivía. Pero ahora estaba muerto. Esa es la lógica humana. Y es la lógica nuestra: implacablemente natural y sin vestigio alguno de lo milagroso. Por ella ponemos barreras a la acción de Dios, a quien no "permitimos" hacer lo que creemos imposible. Esta es la condición en la que vivimos cuando la verdad de la resurrección no nos llena. Porque cuando apartamos nuestros pasos de la fe, inevitablemente nos adentramos en el mundo de la incredulidad. Incredulidad que hecha raíces en el corazón ahogando la capacidad de la fe. Pero hay otra forma de vivir. Al "regresar a Jerusalén" la realidad de la resurrección de Cristo lo llenaba todo. Un nuevo mundo de posibilidades se abrió ante los ojos de los discípulos. ¡Cristo vive! La oscuridad era disipada. La intromisión de lo sobrenatural hacía parecer como posible cualquier cosa. El dolor recién experimentado perdía todo su poder para esclavizarles. Igual con nosotros. Porque Cristo vive sabemos que es el Mesías, que salva como prometió y que Su poder está a nuestro alcance (Efesios 1:19-23). Su vida en nosotros es el secreto de la fe victoriosa. Volver a Jerusalén (vivir de acuerdo a la vida del Resucitado) es vivir sabiendo que todo está al control de Dios. Volver a Jerusalén es saber que la cruz no fue el final, que la tumba está vacía y que el poder glorioso de la resurrección es nuestro.



