(Hebreos 11 - 12:3)
Los Juegos Olímpicos son cosa del pasado. Ceremonias y personalidades, atletas y firmas comerciales convergieron a la convocatoria de cada cuatro años. Lo que más llamó mi atención esos días lo fue el marcado interés del público por los eventos deportivos y las ejecutorias de los atletas. Me gusta el deporte. Admiro a los buenos deportistas. Como tantos otros, mis dosis de televisión aumentaron durante las Olimpíadas. Quería estar al tanto de lo que pasaba y de las nuevas marcas mundiales. Nos identificamos con el atleta. Vicariamente nos involucramos en la competición, con su sudor, su esfuerzo y, por supuesto, con el éxtasis de la victoria. Muchos nos convertimos en atletas de sofá. Una multitud invisible que animaba, abucheaba, reía, lloraba, aplaudía y silbaba. Pero todo desde la comodidad de nuestra silla. Es fácil ser atleta así. No son necesarias las interminables sesiones de práctica rutinaria y aburrida. Ni los intensos y dolorosos esfuerzos para llevar nuestro cuerpo a ejecutar al máximo. Tranquilos en nuestro sofá, con un vaso de nuestra bebida favorita en la mano, disfrutamos el triunfo de otros. Muchos pretenden vivir así el ministerio cristiano. Pero están equivocados. Es imposible vivir el Evangelio de este modo. En Hebreos 11-12 se deja ver claramente quiénes son expectadores y quiénes los atletas. Los héroes de la fe son la imaginaria muchedumbre que llena las gradas y nos observa expectante. Nos han precedido dando ejemplo de una vida comprometida y abnegada. Ahora vigilan por ver si les seguiremos... Cada cristiano debe ejercitar sus músculos espirituales en las disciplinas cristianas. Prepararse a diario para participar en la "gran carrera." Dios te llama a salir del sofá y a tomar la cruz. El precio puede parecerte alto. Pero la recompensa es mayor.



